SOFÍA HABLA CON ROSALINDA

SOFÍA HABLA CON ROSALINDA
ILUSTRACIÓN DE ¿DÓNDE ESTÁ LA PRINCESA?

martes, 4 de enero de 2022

LEJOS DE CASA

 

 

Un cielo plomizo nos recibió nada más llegar a la ciudad. El cansancio, como un firme maquillaje de larga duración, se había fijado en nuestros rostros, y las piernas, entumecidas, parecían negarse a caminar después de tantas horas de avión. Mis padres arrastraban como zombis las maletas hacia una parada de taxis y yo, absorto, observaba el llamativo contraste de aquel paisaje urbano. Los edificios medio derruidos convivían con vistosos rascacielos que se levantaban apenas a dos manzanas de distancia y lo mismo ocurría con los vehículos, elegantes y caros algunos y verdaderos trozos de chatarra los otros. La mezcla de razas también resultaba sorprendente, sin embargo, era fácil distinguir al turista del hombre de negocios, y a este último del habitante de la ciudad.

En una esquina, un niño llamó mi atención. Tendría unos ocho años, de tez oscura, pelo revuelto y manos hábiles. Arrodillado ante un elegante señor lustraba sus zapatos. El cliente, mientras, leía el periódico.

—Mira, Carlos, un limpiabotas —dijo mi madre—, ¿a que nunca habías visto uno?

Me fijé en sus dedos ennegrecidos por el betún y en la velocidad con la que movía la bayeta por encima del cuero, hasta dejarlo tan brillante como una piedra de ónix.

—No, mamá, nunca había visto a un niño arrodillado ante los pies de nadie —contesté.

Seguí observando al limpiabotas, que no llegó a levantarse del suelo. Después de ese cliente vino otro, y otro y otro más… Entonces me di cuenta de que el niño que limpiaba tantos pares de zapatos iba descalzo.

Las nubes comenzaron a descargar agua como si quisieran borrar la ciudad y tuvimos que refugiarnos bajo el soportal de un edificio que albergaba una embajada. El pequeño limpiabotas cerró la caja que portaba, guardó en el bolsillo su mísero sueldo y se fue saltando por los charcos hasta perderse tras la espesa cortina que se descolgaba desde el cielo.

Mis padres habían decidido que pasáramos la Navidad lejos de casa, y a la postre en un lugar donde ni siquiera se celebraba. Estaban hartos del consumismo, cansados de que las fiestas navideñas solo sirvieran de reclamo comercial para vender más comida de la necesaria y un montón de regalos inútiles. Me hizo gracia que me recordaran esos argumentos precisamente cuando entrábamos en el hotel, de cinco estrellas, y después de haber recorrido medio planeta con billetes de primera clase. ¿Curioso, verdad? Nada de consumismos.

El contraste de los suelos de mármol de aquel impresionante edificio con las calles sin asfaltar que acabábamos de atravesar subidos en un taxi me sobrecogió. Por un momento hubiese deseado cerrar los ojos y volverlos a abrir tumbado en el sofá de mi casa, ante el mismo árbol de Navidad de cada año y sus sempiternos adornos. Me faltaban meses para ser mayor de edad y mi libertad no era completa. Aunque hubiese deseado permanecer en mi ciudad, salir con mis amigos o cenar una Nochebuena más rodeado de los mismos familiares y sus conocidos chascarrillos, todavía estaba sujeto a las decisiones de mis padres.

Tras dejar las maletas en la habitación y descansar un poco salimos a dar una vuelta por los alrededores. Era la noche del veinticuatro de diciembre y las calles mojadas y oscuras conferían a la ciudad un aspecto tenebroso.

—Qué triste se ve todo —comentó mi madre.

—Es lo que queríamos ¿no? —añadió entonces mi padre—, pasar una Navidad diferente, lejos de las luces y los villancicos.

Mamá no contestó, pero esa tristeza que refería era tan contagiosa como una gripe y no tardamos en quedar los tres sometidos a su voluntad.

En un puesto callejero, papá compró un cucurucho de lo que parecían ser una especie de escarabajos rebozados.

—Daría mi reino por un trozo de turrón —dije— y del blandito.

—Y yo por unos sabrosos mazapanes de Toledo —añadió mamá.

Mi padre empezaba a dar muestras de mosqueo. No habíamos recorrido tantos kilómetros para comenzar ahora con añoranzas. ¿O sí?

—¿También venían este año los primos de Albacete? —pregunté de pronto.

—Sí, y el tío Joaquín viene de Francia, ya hacía tres años que no viajaba, pero esta Navidad se ha animado —confirmó mi madre.

—Ostras, lo que me hubiese gustado verlo. ¿Podemos llamar por teléfono cuando lleguemos al hotel? Me encantaría hablar con todos.

Continuábamos caminando por calles casi desiertas cuando de pronto volví a ver al limpiabotas, descalzado sobre el barro, sin apenas ropa de abrigo. A su lado, una mujer muy humilde sentada en un tronco se cobijaba bajo una manta raída y a un par de metros de distancia un hombre muy mayor, apoyado en un bastón, los miraba entristecido, con la impotencia del que no puede dar a los suyos ni siquiera lo que necesitan. Un maltrecho cobertizo los resguardaba de una lluvia que posiblemente volvería a caer muy pronto y una pequeña lámpara de aceite iluminaba aquel espacio con el fulgor de una estrella.

Contemplamos conmovidos la estampa y aunque no dijimos nada sé que los tres pensamos lo mismo.

—Nos hemos alejado demasiado del hotel —dijo entonces papá.

—Sí, y está a punto de caer otro chaparrón —añadió mi madre.

Volvimos en silencio, sin hablar de turrones, mazapanes, villancicos ni tíos de Francia. Al llegar al hotel, la cafetería aún seguía abierta, ocupamos una mesa y pedimos unos tés típicos.

—¿Sabéis una cosa? —dijo mi padre—. Creo que la Navidad es algo más que el consumismo y es curioso que lo haya tenido que descubrir tan lejos de casa.

Mi madre asentía. Y yo estoy de acuerdo. En cada lugar del mundo hay un veinticuatro de diciembre que palpita como un gran corazón, un misterio del que, aunque queramos, no podemos escapar. Y yo no quiero escapar.

Ahora soy mayor de edad, no olvido aquel viaje ni la cara tiznada del pequeño limpiabotas, pero las próximas Navidades, y todas las que queden por venir, quiero pasarlas rodeado de mi familia y arropado por el calor del hogar.

#cuentosdeNavidad